17.9.10

Adicción

La ovación unísona en el grupo de apoyo: tres hurras; cuando sobrevino el inevitable desorden. Varios silbidos que dejaban ondas sonoras chocando con cada objeto a su paso y demás ruidos difusos, desperdigados en aquella pequeña sala del sanatorio abarrotada de adictos que por un instante relativamente intemporal olvidaban toda la angustia, las secuelas de las guerras privadas, sus severos anclajes a aquella burda necesidad de necesitar lo innecesario, las ansiedades diseñadas por sus cerebros que producían gigantescas dosis de dopamina – como todo drogadicto – cada vez que se acercaban a la maldita cosa.

Vinieron los rostros de alegría, las gesticulaciones que denotaban aprobación. -¡Felicitaciones!, -¡Felicidades!, -¡Congratulaciones! Y se ampliaba la lista de muestras verbales de admiración por ese logro que representaba el primer paso de un camino, que por experiencia sabían que era escabroso. Hasta olvidaron el pesimismo que usualmente les sobreviene como un macabro déjà vu en aquellos momentos de satisfacción, debido a que conocen ese perverso juego, al haber experimentado en sus propias carnes la irremediable terquedad humana de volver a las costumbres que causan daño. Olvidaron asimismo, toda la literatura científica y las estadísticas comprobadas que les habían explicado los más connotados especialistas de las universidades de todo el mundo en visitas mensuales (bendito sea el voluntariado) sobre la relación adicción – masoquismo y como en los cuentos de Disney todos fingieron ser felices… Algunos minutos antes él había aceptado su relación de dependencia con aquel blackberry de teclas gastadas.

1 comentario:

  1. Jajajaja, qué bien, aunque a mí me acusaron de antitecnológica cuando escribí mi artículo sobre el tema... pero la adicción al BB es algo severo y parece que no tiene visos de mejoría cercana. Muy bueno, como todo lo que escribes, de paso, hace días no mandas nada para el periódico. Slds.

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