5.8.11

Homenaje al Señor Máximo Torres

“Hace unos meses me resbalé y me hice una herida en la cara de aquí (señala mentón) hasta acá (señala pómulo) me tomaron como 20 puntos… Mi medicina es el limón” me decía el señor Máximo mientras veía la herida que me había hecho en la mano “ten (dijo alcanzándome un limón partido a la mitad) póntelo allí, al principio duele pero ya después no”. Efectivamente el limón paró el sangrado un par de minutos después de haberlo puesto sobre la herida; después de haber pasado poco más una hora sangrando.
Como a eso de las 8 y pico de la mañana, el sr. Máximo me dijo que iba a dejar la puerta abierta “allí hay masa de harina para freir y café, nada más que hay que calentarlo”   misteriosamente desaparecía después,  dándonos una confianza que asustaba, la casa a cargo a dos desconocidos… Yo le preguntaba a mi hermano Joalex si sabía a dónde se había ido el señor Máximo, pero él tampoco sabía. Nosotros hacíamos el desayuno y luego nos íbamos a explorar a la montaña. Dejábamos la puerta ajustada y el único seguro de la puerta era un hilito negro que se amarraba a un clavo. Definitivamente Chimán es el colmo de la seguridad.
Ya en la tarde cuando volvíamos a ver al señor Máximo, tenía lista unas presas de pescado y unas yucas suaves, creo que las más suaves que he probado en muchísimos años y sólo por curiosear le pregunté dónde estaba “andaba por allí viendo unas tierras y saqué estas yucas. Por allá hay una señora que está enferma, los hijos también están enfermos, todo el mundo está enfermo en esa casa y le llevé unas yucas para la semana” fue a la cocina, trajo dos ejemplares de los tubérculos  no cocinados, las raíces eran hermosas y aun se veían algunos pedacitos de tierra pegados a la piel de las yucas y dijo orgullosamente   “estás y las que se comió usted también son de allá”.
En el camino se encuentran personas que ayudan desinteresadamente, sin ellas la vida sería más difícil y sin haber conocido al señor Máximo, en realidad todo hubiera sido muy difícil. Apenas llegamos a Chimán y nos dieron albergue en la casa comunal, vinieron a la mente preguntas como dónde cocinar o lavar la ropa, porque dentro de la casa no había cocina ni tina, suficiente con el baño, el techo y la cama que nos habían dado, pero el señor Máximo se asomó desde su casa y gritó “si quieren pueden cocinar acá”, ese fue el principio de nuestra amistad. 

3 comentarios:

  1. Espirtualmente diria que son Angeles...
    Angeles que no saben que son Angeles.
    Que solo saben que si hacen eso porque esta bien, se sienten bien y no temen ayudar.
    Sigue en tus historias.
    Saludos.

    A.

    P.D: La yuka es sumamente deliciosa.

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  2. Joalex Quiroz Govea9 de agosto de 2011, 17:05

    Sr. Máximo, tuve la oportunidad de conocerlo... Un señor solidario y muy bondadoso; saludos donde quiera que esté; Joao y yo estamos en deuda con él!

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Favor combatir la idea y no al mensajero, gracias!