It´s too much confusion dice Hendrix y atrás suena el abanico, sus
vueltas. Allá, lejos la ambulancia, quizá ya esté muerto el tipo porque la
cuestión se escucha urgente. Y hurgo, hurgo en el ombligo, en la nariz así como
niño curioso a punto de electrocutarse porque hurga el tomacorriente con un
alambrillo de cobre, no es tan peligroso. Sí. Asqueroso. Todo se revuelve, mi
cabello desgreñado con mis manos embadurnadas de moco, el abanico el viento,
niño-alambre-toma-corriente, en la ambulancia el tipo, it´s too much confusion que podría ser Dylan, pero esta vez Hendrix.
Y es este aire malsano, esta
frecuencia en la que estoy ausente, esta sucesión de repeticiones, sedentarismo
hasta la asfixia, me revuelvo entre el poco espacio, en esta silla que sabe mis
formas y posturas, en estas ganas de escape, en este amarre temporal extendido.
Sólo esto puedo hacer mientras, payasadas,
viajar mentalmente y sobre el aire hasta ese punto equidistante entre la
ambulancia (que ya debe ir llegando a algún lado) y yo, o ese absurdo de aparecer
en mis imaginaciones viendo al niño pegado al toma, meterle una patada para que
se zafe de su dolor pero nunca halarlo por las patas –hasta ese punto no me comprometo–, transportarme al Woodstock
´69 para ver al Hendrix live o colgarme del aspa del abanico, comprobar si son
fuertes o si estoy muy gordo, darme de vueltas hasta las nauseas como en las
cómicas o caerme de culo al mosaico frio con un pedazo de aluminio entre las
manos. Me revuelvo por dentro (al menos eso intento) revuelvo la mente y
escribo para no morirme en este estanco.
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