30.11.11

Hombres miserables

Pedro es el tipo de personajes cuya presencia es indeseada desde Alaska hasta la Tierra del Fuego pero que desgraciadamente siempre caen por aquí. Me da miedo que al maldito pipón se le reviente la camisa de tan apretada y vieja y que el botón se me vaya a encajar en el ojo y me lo saque, por eso y por las desagradables muecas de su rostro al hablar evito mirarlo. Llegó, esta vez junto a otro idiota, un tinterillo con ínfulas de Don Juan que cada vez que viene, aprovecha para contar a quien esté en la tienda (incluyéndome) sus experiencias sexuales –y hay que quedarse callado por todo aquello de que el cliente tiene la razón– pero ni el traje negro le oculta las obesidades de su deforme humanidad, de hecho parece un hibrido entre un oso, dos pingüinos y pegajoso el de los casa-fantasmas. Entonces llega una mujer, una mujer bonita y voluptuosa y a Pedro se le transfigura el rostro, sus ojos se fijan en los senos de la mujer y van como caminándole la silueta para terminar encajándose en las nalgas, la baba se le quiere salir como en las de las fauces de un perro sediento, al otro también, siguen los pares de ojos marchitos viéndola hasta que la mujer deja que la puerta se termine de cerrar a sus espaldas.

- Qué mujer más buena, para cogerla y ponerla a que te la chupe.

- Yo la conozco, esa anduvo con Cesar.

- ¿Con Cesar?, qué hijue`puta con suerte.

- Oye, pero si esa es una perra, tú que trabajas aquí deberías habértela culiado hace tiempo.

- Una vez la invité a un café y me dijo que no salía con funcionarios, casi la escupo a la muy perra.

- Ya te he dicho que esto no es para ti Pedro, deberías volver a la universidad y graduarte y ya verás cómo te busca solita.

- A mí no me importa esa perra, mejores culos me he cogido ya.

- Jajaja, eres un pillo.

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