7.12.11

¿Podrías vivir sin drogas legales?*

*Esta es una traducción propia al español del artículo Você consegue viver sem drogas legais? de la escritora Eliane Brum y que fue publicado en la edición virtual de la revista Época el 5 de diciembre de 2011.
_____

 Pedro –el nombre es ficticio porque no quiere ser identificado– es un sujeto de 40 años, que adora su trabajo y que es reconocido por lo que hace. Está casado con una mujer que lo ama y admira, con quien tiene afinidad y largas conversaciones. Juntando sus fondos de garantía salarial y algunos otros ingresos, compraron un apartamento hace algunos años y lo terminaron de pagar en menos de un año. Este es el segundo matrimonio de él, y la convivencia con sus dos hijos del primer matrimonio es constante y se caracteriza por el afecto. Al contrario de lo acostumbrado en estos casos, la relación con su ex mujer es amistosa. Pedro tiene varios buenos amigos, más de los que un hombre puede desear, considera él, pues encontrar uno o dos buenos amigos en la vida ya es bastante, y el encontró por lo menos diez amigos con quien puede contar en los momentos difíciles. La vida de Pedro tiene sentido porque él creo ese sentido para ella.

Excelente. Él podría ser el personaje de una de aquellas historias sobre éxito, felicidad y bienestar. Pero hay algo extraño sucediendo. Algo que por lo menos para Pedro es extraño. Hace dos años Pedro toma Lexapro (antidepresivo), Rivotril (ansiolítico, tranquilizante) y Stilnox (Hipnótico, inductor del sueño). Doy los nombres de los medicamentos porque los fármacos ya son tan populares que se habla de ellos como se habla de marcas de gelatina o tipos de pan. Y el hecho de que nombres tan raros estén en boca de todos, algo quiere decir sobre nuestro tiempo.

Pedro cuenta que la primera vez que tomó antidepresivos, años atrás, fue al perder a una persona de la familia. El dolor de la pérdida lo paralizó. No podía trabajar. Quería estar tranquilo, en casa, preferiblemente sin hablar con nadie. Ni con su mujer, ni con sus hijos. Pedro sólo quería estar “hacia dentro”. Y cuando salía de casa, sentía un miedo irracional, sentía que algo podría ocurrirle, como un accidente automovilístico, que lo asaltaran o que una bala perdida le hiriera. Él mismo le solicitó a una amiga que trabajaba en el área, una recomendación para ver a un buen siquiatra. Pedro sentía que había tocado fondo, pero temía caer en manos de algún charlatán de esos que recetan fármacos como si fuesen aspirinas y que cree que todo problema humano es una mala disfunción química del cerebro.

El siquiatra era serio y competente. Él le dijo a Pedro que no creyera que era un depresivo o que padeciera del Síndrome de Pánico, solamente, estaba en un momento de luto. Necesitaba de tiempo para sufrir, para aceptar la pérdida. El siquiatra recetó a Pedro un antidepresivo para ayudarlo a salir de la parálisis, pues el paciente insistía en que debía trabajar. La licencia en caso de luto –dos (!!!!) días según la legislación laboral– ya había sido extendida por un jefe comprensivo. Por ser Pedro bueno en lo que hace, recibió el privilegio de dos semanas de descanso para recuperarse de la pérdida de una de las personas más importantes en su vida. Pero no quería fracasar ante estos hechos. Y no fracasó. Con ayuda del antidepresivo y después de algunas semanas, volvió a producir con la misma calidad que antes. Tres meses después de la muerte de quien amaba Pedro volvió a ser un profesional brillante.

Pedro tomó el antidepresivo cerca de un año, bajo observación médica rigurosa y consultas mensuales. Como aquello no le agradaba, pidió al siquiatra dejar de tomar el medicamento. El siquiatra aceptó y Pedro fue disminuyendo la dosis del medicamento hasta cesar por completo la medicación. Permaneció así más o menos un año y medio.

En este tiempo, Pedro se volvió mucho más creativo. Aumentó el número de horas de trabajo, que de por sí eran muchas, porque se sentía fuerte. Pedro multiplicó su éxito que siempre fue medido no por el dinero, sino por la pasión. Sentía que todo iba muy bien, hasta que empezó a tener insomnio. Pedro dormía y se levantaba sobresaltado, sin poder dormir de nuevo. Pensamientos terribles pasaban por su mente. Pedro pensaba que perdería el éxito, que no tendría la posibilidad de hacer las cosas que quería hacer y a la vez, temía morir de repente. Las noches de Pedro se llenaron de catástrofes imaginarias, más bien reales para él. Y cada vez que salía de casa en las mañanas, volvía a tener ese miedo de ser alcanzado por alguna fatalidad, por algo que estuviera fuera de su control.

Unas semanas después del inicio del insomnio, Pedro volvió a sentir la parálisis. No podía trabajar –y este, para Pedro, era el mayor de los pesares reales–. Volvió al consultorio siquiátrico y desde hace dos años toma los tres medicamentos citados. Pedro, que siempre había visto con desconfianza la despensa de los sicofármacos, comenzó a sentir la necesidad de ellos como algo natural para enfrentar los días y también las noches “¿qué hay de malo en tomar una píldora para dormir?” decía a su mujer cuando ella lo cuestionaba “¿O un tranquilizante para manejar la tensión? ¿O 15 mg de antidepresivo para quitarse las ganas de tirarse en el sofá a mirar hacia dentro?” su mujer cuenta que Pedro se parecía al Capitán Nascimento en “Tropa de Elite” tomando comprimidos en el baño y diciendo a su esposa “Aquí no hay ningún problema. Todo el mundo hace eso. No tengo ningún problema”.

En 2011 Pedro tuvo momentos en que sentía que todo estaba bien. Y si para que todo siguiera bien era preciso tomar algunas píldoras, no había ningún problema. Pedro tal vez nunca haya producido tanto como en este año y por ello hasta ganó un aumento salarial sin solicitarlo. Pero a veces, no con mucha frecuencia, él se sorprendía al pensar que con esa rutina estaba perdiendo su vida en alguna proporción. Pedro no tenía el mismo deseo que antes por su mujer, el sexo pasó a ser algo secundario en su vida. No sentía deseo de hacerlo con su mujer ni con ninguna otra “efecto colateral del antidepresivo” decía con resignación.

Pedro trabajaba tanto que había reducido las idas al cine, las reuniones con los amigos y la pila de libros junto a la cama seguía en el mismo lugar. Él también había perdido el interés por los viajes de turismo con la familia, pues estaba muy ocupado con sus proyectos profesionales. Pedro poco a poco fue constatando que sus momentos de ocio eran cada vez más escasos. Y aunque el trabajo le diera mucha satisfacción, sentía que había eliminado los pequeños placeres de su cotidianeidad. A mediados de septiembre, Pedro comenzó a sentir una difusa nostalgia de él mismo que ya no podía ignorar.

“lentamente empecé a percibir que no podía mantener mi vida con tanta medicación. Lo había aceptado como buena parte de las personas que conozco y que toman ese tipo de medicamentos.” cuenta “yo sólo consigo hacer todo lo que hago porque tengo esa especie de anabolizante, porque estoy bombardeado síquicamente. Vivo muchas experiencias todo el día y no tengo tiempo para asimilarlas, así como no tuve tiempo de asimilar el luto. Es una vida vertiginosa, pero es una vida que no siento. A veces tengo experiencias maravillosas, pero en las siguientes semanas, o en la misma semana, no las recuerdo, porque otras experiencias se superponen a ellas. Y sé que sólo duermo porque tomo píldoras, sólo me despierto porque tomo píldoras, sólo soporto ese ritmo porque engullo píldoras. Hasta hace poco tiempo atrás, yo sentía que todo estaba bien, entonces pensé que me quedaría tomando pastillas por el resto de mi vida. En vez de cambiar mi rutina para que fuera llevadera, sobre pasé mis límites porque sabía que contaría con los medicamentos y si volvía a caer, sólo bastaría con aumentar la dosis. Me volví una ecuación: Pedro + medicamentos. Pero hace poco comencé a sentir que no quería esa vida para mí. Hay algo mal cuando la vida que inventaste para ti sólo es posible porque tomas tres comprimidos diferentes para poder vivirla. Y tal vez de aquí a poco tiempo estaré tomando viagra para sentir deseo por la mujer que amo. Eso a los 40 años. Y con el tiempo los efectos colaterales de ese medicamento van a causar con la prolongación de uso, enfermedades y dolencias en otras partes de mi cuerpo. Yo sé que mucha gente como yo ya se habituó a creer que es normal vivir a punta de píldoras. Pero, si te detienes a pensarlo, eso es una locura. Eso sí es una enfermedad. Y los médicos nos están manteniendo enfermos, pero productivos, usando los remedios para ajustar la máquina a un ritmo que la maquina sólo podrá aguantar hasta cierto tiempo. De repente percibí que yo era una máquina humana y que estaba usando remedios legales como si fuesen cocaína u otras drogas penalizadas. Y lo más loco es que todo el mundo cree que tengo una vida envidiable y que todo va excelente. Por ser drogas legales, por causa de la popularización de enfermedades como la depresión o el Síndrome de pánico, todo el mundo cree normal que tome píldoras para tener fuerzas para salir de la cama en la mañana y píldoras para conciliar el sueño, para no tener miedo de morir a media noche. De repente me di cuenta que todos estamos locos, comenzando por mí. Locos por creer que esto es normal.”

Con autorización de Pedro, solicité una entrevista con el siquiatra. Un profesional inteligente y serio. Y fue extrañamente honesto. Le pregunté por qué recetaba sicofármacos a gente como Pedro “Porque vivimos en un mundo en el que las personas no tienen tiempo para asimilar qué es ser humano, muchas veces me encuentro con esa situación en el consultorio. Veo allí a la persona pidiéndome antidepresivos porque no puede trabajar, no puede seguir con su vida. Yo sé que no puede trabajar ni seguir con su vida porque su vida se tornó imposible, porque necesita de un tiempo que no tiene para asimilar lo vivido. Es obvio que no es posible, por ejemplo, asimilar el luto o una separación en una semana y seguir adelante como si nada hubiera pasado. Así como no es posible vivir sin dudas, sin tristezas, sin frustraciones. Todas esas sensaciones son humanas, pero el ritmo de nuestra vida eliminó los tiempos para la asimilación. Esa persona no está enferma –es su vida la que lo está al no existir espacios para experimentar esos sentimientos y asimilar qué es ser humano– sólo que esa persona necesita trabajar al día siguiente y producir o si no va a perder el empleo. Entonces le doy un antidepresivo y hago la observación médica necesaria, con sicoterapia para que esa persona pueda hacer algo con su vida y luego parar de tomas los medicamentos. Es un dilema y no ha sido fácil para mí lidiar con eso, pero es en este mundo en el que ejerzo la profesión de siquiatra. Porque la depresión es una verdadera enfermedad, de hecho es muy difícil obtener resultados incluso con los medicamentos actuales. Así como con otras enfermedades síquicas, los resultados con muy lentos – y a veces no hay ningún resultado–. La mayoría de las personas que estamos medicando hoy no están enfermas y por eso el resultado es rápido y parece altamente satisfactorio. Pero estas personas necesitan rendir cuentas en situaciones en que humanamente no podrían rendirlas.”

Pedro, que nunca fue adepto a las famosas metas de año nuevo, esta vez se dispuso una que tal vez sea la más difícil que pueda proponerse: “Estoy reduciendo progresivamente la dosis de los medicamentos y voy a parar de tomarlos en marzo. Mi meta, en 2012 –y tal vez tenga muchos problemas para alcanzarla– es crear una vida posible para mí. Una vida y una rutina que mi cuerpo y mi mente puedan aguantar, una vida en que sea posible aceptar mis límites y lidiar con ellos, una vida en que tenga tiempo para sufrir y asimilar el sufrimiento, y tiempo para disfrutar de las alegrías, de los pequeños placeres y de la compañía de los que amo. Sé que va a tener un costo, sé que voy a perder ciertas cosas, quizá hasta tenga que cambiar de empleo, pero creo que valdrá la pena. No quiero tener más la mente bombardeada, ni ser una máquina obediente. Solamente quiero tener una vida humana.”

Fuerzas para Pedro, fuerzas para nosotros.

1 comentario:

  1. felicitaciones por el artículo, no nos damos tiempo para aprender a vivir es una contradicción con la misma vida

    ResponderEliminar

Favor combatir la idea y no al mensajero, gracias!