Por: Silvio Teles
Desde 1993, en los Estados Unidos, regía una ley que prohibía
a personas declaradamente homosexuales, ingresar a las fuerzas armadas. Era la
ley conocida como “don´t ask, don´t tell” (“no se pregunta, no se habla”). El
fundamento social de la ley consistía en que la aceptación de la homosexualidad
de los militares podría crear un riesgo inaceptable a la moral, el orden,
disciplina y cohesión de las unidades, elementos de los que se compone la esencia
de las capacidades militares.
De acuerdo con el texto legal, el Estado se comprometía, si
no hubiese señal evidente, a no investigar el pasado de quien aspiraba a ser
militar con la intención de descubrir la conducta homosexual. Por otro lado, el
aspirante también aceptaba a “no hablar”
públicamente acerca de su orientación sexual. O sea, si aceptaba continuar
dentro del armario, el homosexual podría ingresar y permanecer al servicio de
las fuerzas armadas.
Aquellos que fuesen “descubiertos” eran destituidos de las
fuerzas armadas, siendo irrelevante que tuviesen un excelente desempeño y mucho
menos eran considerados sus derechos individuales. Cabezas de familias eran
destituidos de un día para otro, sin oportunidad de reintegro. Desde 1993, más
de trece mil militares fueron expulsados de las fuerzas armadas bajo el
argumento de la aplicación de la ley.
La
cuestión de compatibilidad entre
homosexuales y el uniforme fue debatida cuando el caso de los sargentos del ejército
brasileiro Laci Marinho y Fernando Alcântara salió a La luz. Los
militares, que mantenían una larga relación afectiva, fueron blancos de
persecución cuando decidieron asumir públicamente el romance. Fueron detenidos,
condenados administrativa y hasta penalmente. Obviamente, las supuestas causas
punitivas abiertas no se relacionaban directamente con sus orientaciones
sexuales. Esto se trató, como sabemos, de una clara imposición moral arcaica
que hirió gravemente los ideales de dignidad de la persona humana, de igualdad
y libertad de expresión.
En los Estados Unidos, esa cultura irracional
tuvo su fin decretado. Hoy el presidente estadounidense Barack Obama firmó la
derogación de la ley “don´t ask, don´t
tell”. Un paso importante –y porque no decir, tardío– para aquella
autoproclamada “mayor democracia de América”, una democracia que no respeta la
orientación sexual de sus ciudadanos, sea en el aspecto que sea, no puede
llamarse una democracia seria.
Los frutos de la conquista fueron inmediatos:
en el primer minuto de vigencia de la abolición de la ley prohibitiva, el
primer matrimonio en el que se casa un militar estadounidense, Gary Rossy junto
a un civil Dan Swezy, quienes asumieron
públicamente su relación siendo la primera unión de este tipo sin punibilidad o
represión estatal.
No es necesario recordar que la orientación
sexual no disminuye la inteligencia, la capacidad de acatar y recibir ordenes,
la disciplina, el comando o el liderazgo de nadie. Lo que es cierto es que las
instituciones militares requieren de sus miembros una conducta ética y
profesionalismo, características presentes, o no, en hombres y mujeres,
independientemente de su orientación sexual.
En Brasil, la cultura del militarismo
homofóbico tiene uno de sus grandes sustentos en el artículo 235 del Código
Penal Militar que considera un crimen “practicarlo o permitir al militar
practicar actos libidinosos, homosexual o no en lugares sujetos a la
administración militar”. Obsérvese que el título de este crimen en el Código
Penal Militar es “pederastía u otros actos libidinosos” busca enfatizar la
repulsión por la homosexualidad con toda la lectura del tipo legal, dejando
claro que la expresión “homosexual o no” es totalmente necesaria. En esencia lo
que se quiere prohibir son actos libidinosos dentro de las unidades militares
siendo irrelevante quienes son los autores.
Aunque no existe aquí la política del “Don´t ask, don´t tell” sus efectos
nefastos se hacen sentir en los que como los sargentos Laci Marinho y Fernando Alcântara y tantos otros anónimos, se
convierten en blanco de persecución. Necesitamos inspirarnos en modelos
sociales que, dando al orden cultural y moral su lugar, no sean capaces de
suprimir derechos ni que condenen a los seres humanos por sus condiciones personales,
como el ser homosexual. Por lo menos para el bienestar de los interesados, el
sistema judicial brasileiro parece haberse percatado de esta realidad.
Quiera la sociedad o no, quieran los
militares o no, la diversidad sexual está presente a nuestro alrededor, a
nuestro lado, en nuestros hogares. Jueces y abogados gays, médicos y enfermeros
gays, albañiles y camioneros gays, padres e hijos gays. Negarles los derechos,
o mucho peor, negarles una existencia plena, hoy día, es lo mismo que intentar
tapar el sol con una coladera. Felicidades a los Estados Unidos, estoy feliz
porque se trata de una conquista democrática, aunque ajena.
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[1] El presente artículo de opinión fue publicado el
21 de septiembre de 2011 en el site del Periódico brasileiro O Globo con el
título original Militares assumidamente gays: uma conquista democrática,
ainda que alheia. Por lo interesante del tema hemos
decidido traducirlo al español.