31.1.12

Biruta*



*Cuento de la escritora brasileña Lygia Fagundes Telles extraído del libro Venha ver o pôr do sol, traducido al español por Joao Quiróz Govea. Haciendo click aquí podrás leer el original en portugués.

      Alonso fue al portal cargando una palangana llena trastes sucios. Caminaba con dificultad, intentando equilibrar la palangana que era demasiado pesada para sus bracitos delgados.
      –¡Biruta! ¡Hey, Biruta! – llamó sin darse la vuelta. El perro salió del garaje. Era pequeñito y blanco, tenía una oreja parada y la otra completamente caída.
      –Siéntate allí Biruta, que vamos a tener una conversación– dijo Alonso poniendo la palangana al lado el tanque. Se arrodilló, se dobló las mangas de la camisa y  comenzó a lavar los platos.
     Biruta se sentó muy atento, inclinando interrogativamente la cabeza ora para la derecha, ora para la izquierda, como si quisiera comprender mejor las palabras de su dueño. La oreja caída se irguió un poco, mientras levantaba la otra, aguda y recta. Entre ellas se formaron dos arrugas, propias de una frente fruncida en el esfuerzo de la meditación.
    –Leduína dice que entraste en el cuarto de ella– comenzó el niño en un tono suave– y subiste a la cama y babeaste las sábanas y mordiste una cartera de cuero que ella tenía allá. La cartera estaba medio vieja y ella no le dio mucha importancia. Pero si fuera una cartera nueva ¡Biruta! ¡Si fuese una cartera nueva! ¿¡Dime lo que iba a pasar si hubiera sido una cartera nueva!? Leduína te daba una paliza y yo no podía hacer nada, como aquella vez que reventaste los flecos de la cortina, ¿Recuerdas? Te acuerdas bien, verdad, ¡No vengas a poner esa cara de inocente!...
     Biruta se acostó, metió el hocico entre las patas y bajó la oreja. Ahora, ambas orejas estaban al mismo nivel, marchitas, las puntas casi tocando el piso. Su mirada interrogativa parecía preguntar: “¿Pero qué fue lo que hice, Alonso? No recuerdo nada.”
     –¡Recuérdalo! Y no vengas a poner esa cara de enfermo, que no te creo ¿¡Oíste!? ¿¡Oíste Biruta!?– Repitió Alonso lavando furiosamente los platos. Con un gesto irritado, dobló las mangas que ya se resbalaban sobre las muñecas delgadas. Sacudió las manos llenas de espuma. Tenía las manos de viejo.
     –Alonso, ¡Termina rápido con esos platos! – gritó Leduína, asomándose por un momento en la ventana de la cocina. –Ya está oscureciendo, ¡Tengo que salir!
      –Ya voy– respondió el niño mientras sacaba el agua de la palangana. Se volteó hacia el perro. Y su rostro pálido se llenó de tristeza. ¿Por qué Biruta no se enmendaba, por qué? ¿Por qué no se esforzaba  un poco en mejorar? Doña Zulu ya estaba enojada,  Leduína también, Biruta hacía esto, Biruta hacía aquello…
      Se acordó del día en que el perro entró a la refrigeradora y sacó una carne. Leduína enfureció, venían las visitas para la cena, necesitaban llenar las empanadas “Alonso, ¿No sabes dónde dejé la carne?” Se estremeció ¡Biruta! Sigilosamente fue al garaje al fondo del jardín, donde dormía con el perro en un viejo colchón metido en un ángulo de la pared. Biruta estaba allí, acostado encima de la almohada, con el pedazo de carne entre las patas, comiendo   tranquilamente. Alonso le quitó el pedazo de carne, la guardó dentro de la camisa y volvió a la cocina. Se detuvo en la puerta al escuchar a Leduína quejarse con doña Zulu, la carne desapareció, se aproximaba la hora de la cena y la carnicería ya estaba cerrada, “!¿Qué hago doña Zulu?!”
     Ambas estaban en la sala. Podía ver a la patrona peinar frenéticamente los cabellos. Entonces sacó la carne de adentro de la camisa, acomodó el papel todo roto que la envolvía y entró con el pedazo de carne en la mano.
    –Está aquí, Leduína.
    –¡Pero falta un pedazo!
    –Ese pedazo lo cogí  para mí. Tenía ganas de comer bistec y aproveché cuando te fuiste para la tienda.
     –¿Pero por qué no escondiste el resto? – preguntó la patrona aproximándose.
     –Porque me dio miedo.
     Tenía bien vivo en la memoria el dolor que sentiría en las manos valientemente abiertas para recibir los golpes de la escoba. Lagrimas salieron de sus ojos. Los dedos fueron poniéndose morados, pero ella continuaba pegándole con el mismo vigor obstinado con que peinaba los cabellos, pegándole, pegándole como si no pudiera parar nunca más.
       –¡Atrevido! ¡Te voy a mandar de vuelta al orfanato! ¡Ladronzuelo!
     Cuando volvió al garaje, Biruta estaba allí, las dos orejas caídas, el hocico entre las patas, parpadeando, parpadeando con sus ojos tiernos “Biruta, Biruta, me dieron por culpa tuya, pero no te sientas mal, no te sientas mal.”
     Biruta soltó un gañido triste. Le lamió las lágrimas. Le lamió las manos.
     Eso había pasado hace dos semanas. Y ahora Biruta había mordido la cartera de LeduÍna ¿Y si la cartera fuese de doña Zulu?
    –¿Ah, Biruta? ¿Y si la cartera fuese de doña Zulu?
     Ya desinteresado, Biruta mordía una hoja seca.
     –¿Por qué no rompes mis cosas?– prosiguió el niño elevando la voz. –Tú sabes que puedes morder  todas mis cosas, ¿No lo sabes acaso? Pues ahora no te doy regalo de navidad, está decidido. Ya veré si te doy alguna cosa ¡Ya verás!
     Giró sobre los tobillos, dando la espalda al perro. Refunfuñaba mientras apilaba los platos en la palangana. Luego, se calló, esperando cualquier reacción del perro. Como la reacción tardó, le lanzó una mirada furtiva. Biruta dormía profundamente.
Alonso entonces sonrió. Biruta era como un bebé. ¿Por qué no entendían eso? No hacía nada de maldad, sólo quería jugar… ¿Por qué doña Zulu le tenía rabia? Él sólo quería jugar, como los bebés. ¿Por qué doña Zulu le tenía tanta rabia a los bebés?
     Una expresión desolada transfiguró el rostro del niño “¿Por qué doña Zulu tenía que ser así? El doctor es bueno, digo, nunca le importó ni conmigo ni contigo, es como si no existiéramos. Leduína tiene esas maneras de ella, pero ya me protegió dos veces. Pero doña Zulu no entiende que eres como un bebé. Hay Biruta, Biruta, crece rápido ¡Por el amor de Dios! Crece rápido y quédate tranquilo, con bastante pelo y las dos orejas paradas, vas a quedar lindo cuando crezcas, ¡Lo sé Biruta!”
     –¡Alonso!– era la voz de Leduína.    –Deje de hablar solo y traiga esa palangana. Ya está anocheciendo.
     –Deja de dormir, ¡Vagabundo! – dijo Alonso echando agua en el hocico del perro.
     Biruta Abrió los ojos, soltó un gañido y se levantó, estirando las patas delanteras en un largo desperezar.
     El niño equilibró penosamente la palangana en la cabeza. Biruta le seguía a saltos, mordiéndole los tobillos, halando con los dientes un canto del delantal.   
–¡Aprovecha bandido! – Alonso reía. –Aprovecha que estoy con las manos ocupadas, ¡Aprovecha!
     Colocó la palangana en la mesa, se inclinó para agarrar al perro. Pero Biruta le esquivó, ladrando. El niño se dobló de la risa.
     –Leduína, ¡Asusté a Biruta!...
     La empleada se puso a guardar los platos rápidamente. Le pasó una cacerola con papas:
     –Allí tienes tu cena. Todavía hay arroz y carne en el horno.
    –¿Voy a cenar solo? –Dijo Alonso sorprendido cargando la cacerola.
    –Hoy es navidad. Ellos van a comer afuera, yo también tengo mi fiesta. Vas a cenar solo.
    –Alonso se inclinó. Mirando pensativo hacia debajo de la estufa. Dos ojitos brillaban en la oscuridad. Biruta estaba allí. Alonso suspiró. ¡Era tan bueno cuando Biruta decidía sentarse! Mejor todavía cuando dormía. Tenía entonces total certeza de que nada estaba pasando. La tranquilidad. Se dirigió a Leduína.
    –¿Qué le va a regalar a su hijo?
    –Un caballito– dijo la mujer. Su voz se suavizó. –Cuando él se despierta en la mañana, va encontrar un caballito dentro del zapato. Se la pasaba diciéndome que quería un caballito, que quería un caballito…
     –Alonso tomó una papa cocida, todavía tibia. La sostuvo entre las manos.
     –Allá en el orfanato, en navidad, aparecían unas muchachas con unas bolsas con pelotas y ropa. Había una que me conocía, siempre me daba dos paquetes en lugar de uno. La madrina. Un día, me dio zapatos, un suéter con bolsillos y una camisa.
    –¿Por qué no se quedó contigo? Ella me dijo una vez que me iba a llevar, ella lo dijo. Después, no sé por qué no apareció más…
    Dejó caer en la cacerola la papa fría. Y quedó en silencio, las manos abiertas alrededor de la olla. Abrió sus ojos. Irradiaron al rostro de una expresión dura. Dos años seguidos esperó por ella. ¿No era que había prometido llevárselo? ¿No era así? No sabía ni su nombre, no sabía nada al respecto de ella, era solamente “la madrina”. Inútilmente la buscaba entre las muchachas que aparecían al fin de año con los paquetes de regalos. Inútilmente cantaba más alto que todos al final de la fiesta, cuando reunían a los niños en la capilla. Ay, ¡Si ella pudiera oírlo!
“… Jesús es quien nos trae
un mensaje de amor y de alegría”…
       –¡Es que es mucha responsabilidad llevarse un niño para criarlo!   –Dijo Leduína soltándose el delantal. –Luego llegan los de uno.
     Alonso bajó la mirada. Y de repente, su fisonomía se iluminó. Jaló  al perro por el rabo.
     –¡Hey, Biruta! ¿Tienes hambre, Biruta? ¡Vagabundo, vagabundo!... ¿Sabes Leduína? Biruta también tendrá su regalo, está escondido debajo de mi almohada. Con aquel dinero que me diste ¿Recuerdas? Compré una bolita de goma ¡Una belleza de bola! Ahora ya no morderá más tus cosas, tendrá la bolita sólo para eso. Él ya no desordenará más nada.
      –¿Hoy temprano él no estaba en el cuarto de doña Zulu?
      El niño palideció.
      –Sólo pudo ser cuando fui a lavar el automóvil…. ¿Por qué Leduína? ¿Por qué? ¿Qué fue lo que pasó?
     Ella titubeó. Y encogió los hombros.
     –Nada. Pregunté y no me contestaron.
    La puerta se abrió bruscamente y la patrona apareció. Alonso parecía un poco asustado. Estudiaba la fisonomía de la mujer. Pero ella estaba sonriente. El niño sonrió también.
      –¿Todavía no se ha ido para su fiesta Leduína?– preguntó la mujer en tono afable. Abotonaba las mangas de la blusa de seda.   –Pensé que ya habías salido… – y antes que la empleada respondiese, se volteó hacia Alonso:   –¿Entonces?¿Preparando tu cena?
    El niño bajó la cabeza. Cuando ella le hablaba así mansamente, él no sabía qué decir.
    –¿Biruta está limpio no? – prosiguió la mujer, se inclinó para darle una caricia en la cabeza del perro. Biruta bajó las orejas, gañó adolorido y se escondió bajo la estufa.
   Alonso intentó distraer la atención:
   –¡Biruta, Biruta! Perro tonto, ahora le dio por esconderse…  – se volteó hacia la patrona y sonrió disculpándose:   –Hasta de mí se esconde.
    La mujer puso la mano en el hombro del niño:
    –Voy a una fiesta donde hay un niño de tu edad. A él le gustan los perros. Entonces me acordé de llevarme prestado a Biruta sólo por esta noche. El niño está enfermo, va a quedar fascinado. ¿Me prestas a Biruta sólo por hoy? El automóvil está en la puerta. Ponlo allá que ya vamos de salida.
     El rostro del niño resplandeció. ¡¿Entonces era sólo eso?! Doña Zulu pidiendo a Biruta prestado, ¡Necesitaba a Biruta! Abrió la boca para decirle que sí, que Biruta estaba limpiecito y que estaría contento de prestárselo al niño enfermo. Pero sin darle tiempo para responder, la mujer salió apresuradamente de la cocina.
     –¿Ves Biruta? ¡Te vas a una fiesta!– exclamó.   –¡A una fiesta con niños, con dulces, con todo! ¡Te vas a una fiesta sinvergüenza! – repetía besando el hocico del perro. Tomó su pata.   –Te espero despierto, Biru… ¡Pero no demores mucho!
    El patrón ya había encendido el auto.
    –Biruta, doctor.
    El hombre se volteó ligeramente. Bajó la mirada.
    –Está bien, está bien. Déjalo allí atrás.
   Alonso aún besaba el hocico del perro. Luego le dio una última caricia, lo puso en el asiento del automóvil y se alejó corriendo.
   –¡Biruta va a adorar la fiesta! –exclamaba al entrar a la cocina.   –¡Allá hay dulces, hay niños! –Hizo una pausa. Se sentó.   –Hoy hay fiesta en todas partes, ¿verdad Leduína?
   La mujer ya se preparaba para salir.
    –Cierto.
    –¿Fue hoy que Nuestra Señora huyó en el burro?
    –No, niño. Fue hoy que Jesús nació. Después de que el rey mandó a atrapar a los tres.
    –Sabes, Leduína, si algún rey malvado quisiera matar a Biruta, yo me escondería con él en medio de la selva y me quedaría viviendo allá la vida entera ¡Solos nosotros dos! – Se rió metiéndose una papa en la boca. Y de repente se puso serio, oyendo el ruido del auto que estaba saliendo. –Doña Zulu estaba linda ¿Verdad?
    –Sí lo estaba.
    –Es tan gentil. ¿No crees que hoy estaba muy gentil?
    –Estaba, estaba muy gentil…
    –¿Por qué te ríes?
    –No es nada– respondió ella poniéndose el abrigo. Se dirigió a la puerta. Pero antes, parecía querer decir algo desagradable y por eso dudaba contrayendo la boca.
    Alonso la observó. Y presentía adivinar lo que le preocupaba.
    –Sabes, Leduína, no tienes que decirle a Doña Zulu que Biruta mordió tu cartera, ya yo hablé con él, ya le pegué. No va a volver a hacer eso nunca, prometo que no.
   La mujer miró al niño. Por primera vez lo miró a los ojos. Vaciló un instante. Se decidió:
   –Mira, si a ellos les gusta engañar a los otros, a mí no me gusta ¿Entendiste? Ella te mintió, Biruta no volverá más.
    –¿No a va qué? – preguntó Alonso poniendo el plato encima de la mesa. Tragó con dificultad el pedazo de papa que aún tenía en la boca. Se levantó.    –¿No va a qué Leduína?
    –No va a volver más. Hoy temprano él fue al cuarto de ella y rasgó un calcetín que estaba en el piso. Ella se puso de tal manera. Pero no te dijo nada y hace un rato, mientras lavabas las vajillas, escuché  que conversaba con el doctor: que no quería más a ese callejero aquí, que tenía que irse hoy mismo, y esto y aquello… El doctor le pidió que esperara, que mejor mañana, que te pondrías muy triste, que hoy era navidad… No cedió. Van a soltar al perro bien lejos de aquí y después se van a su fiesta. Mañana ella te dirá que el perro se fue de la casa del niño. Pero a mí no me gusta eso de engañar a los otros, no me gusta. Mejor que sepas eso desde ya, Biruta no va a volver.
    Alonso miró a la mujer inexpresivamente. Abrió la boca. Su voz era un soplo.
    –¿No?
    Ella se enojó.
    –¡Qué gente!–Gritó. Tomó al niño por el hombro.  –No te preocupes, no lo hagas hijo. Ve, ve a cenar.
   Dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo. Y arrastrando los pies en un andar de viejo, salió hacia el portal. Se dirigió al garaje. La puerta de hierro estaba abierta. La luz fría de la luna llegaba hasta la costura del colchón desarreglado.
   Alonso clavó los ojos brillantes en un oso de felpa roído, medio cubierto bajo un pedazo de manta. Se arrodilló. Extendió la mano a tientas. Sacó de debajo de la almohada una bola de goma.
    –Biruta– llamó bajito.  –Biruta… – Y esta vez sólo los labios se movieron sin salir sonido alguno.
    Se quedó mucho tiempo allí arrodillado, agarrando la bola. Después la presionó fuertemente contra su corazón.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Favor combatir la idea y no al mensajero, gracias!