16.3.12

El noble arte de darse con los nudillos

Como en "El Club de la Pelea" de David Fincher, las peleas son simples y hermosas, es la manifestación más organizada de la anarquía y el honor.


     “El Flaco serviría de árbitro y se interpuso entre los dos, con la mano estirada al frente.
      –El que pega primero  mienta madre.
     Benedicto dejó caer la mano abierta sobre el dorso de la mano de Flaco, en señal de que mentaba madre, y se lanzó adelante. El puño cerrado rozó la oreja de Ricardo, enrojeciéndola.”
Del libro “Peccata Minuta”, Salón de clases, Pedro Rivera

   Debo confesar que siempre me gustó aquello de irme a los puños, aunque pocas veces lo provoqué. Nunca le negué un duelo de manos a algún condiscípulo o vecino, mucho menos me quedé pegado o insultado sin que el otro se llevara su par de jabs en el hígado, porque siempre buscaba las partes medias para sacar el aire, cansarlo rápido y no lastimarle el rostro, ¿pero qué iba a hacer uno si en medio del jaloneo te reventaban la boca? La furia te calienta el estómago y ese calor va recorriendo todo el cuerpo en cuestión de segundos partidos por la mitad y ver el rojo sangriento es mejor energizante que tomarse tres reds bulls seguidas.
    Habrá quien no me entienda o estará diciendo que soy un ser violento, un sicópata. Es su derecho pensarlo, como es mi derecho creer que Usted (quien piensa de esa manera) no tuvo infancia, no fue a la escuela, no salió a jugar fútbol a otro barrio, nunca hizo nada en su vida ni lo hace ahora, o al otro extremo, fue el punching bag del grupo, el sumiso que se aguantaba los insultos y los golpes sin decir ni esta boca es mía, en buen panameño, fue Usted manso congo y lo más probable es que lo siga siendo.
    En nuestros tiempos irnos a los nudillos era un mecanismo de resolución de conflictos, el primero al que recurríamos después de las controversias, el segundo y el tercero también. No había semana que no hubiera  uno o dos fightings en la escuela, muchas veces hasta los mismos profesores sabían y no decían nada al comité de disciplina, y pobre del compañero que dijera algo; ese quedaba relegado, se convertía en un sapo. Delatar un duelo implicaba perder el honor, una regla no escrita pero cumplida a sangre y fuego decía que aquel individuo sería ignorado por todos por varias semanas, era el error más bajo entre todos los errores irle con el chisme a algún profesor.
    Sin embargo los púgiles al día siguiente (a veces horas después) del asalto volvían a hablarse tranquilamente, jugaban pechito y quedaban en el mismo team en la birria de fútbol o de básquet en la hora de educación física, todo volvía a su normal curso hasta que hubiera otra controversia, una mentada de madre o una broma de mal gusto ya vas a ver a la salida como te voy a dar mongo y sonaba la campana.  
     En el barrio irse a los puños era más espontaneo, en medio del juego de fútbol una patada bien dada o simplemente mal interpretada, podía comenzar todo con la misma facilidad con que terminaba, los otros laopecillos cerraban el círculo hasta que los dos se sacaran la madre y la hermana, tanto así que quedaban respirando por la boca como si quisieran tragarse el oxígeno entero del Corregimiento de Juan Díaz, por eso después toda la gallada se iba a la tienda, a veces algún lambón le pagaba la soda al ganador, pero el perdedor, como siempre, tenía que llevar su plata.
     Irse a los puños ya es cuestión de otros tiempos, una costumbre que casi no ponen en práctica las nuevas generaciones. Cuando me pongo a recordar todas estas cosas quedo pensando en la cantidad de niños y jóvenes que hubieran salvado su vida si en vez de sacarse cuchillos y armas de fuego, se hubieran dado puños hasta cansarse. Ya no hay peleas cada semana en la escuela, pero en las noticias salen los apuñaleados de los planteles en las respectivas camillas, cosidos por las agujas de venoclisis y en el peor de los casos empiezan los tiroteos en las canchas de fútbol y más de uno, que para joder puede que ni hubiera estado metido en la cuestión, queda perjudicado.
    Lo mejor de aquellos tiempos nuestros es que podías embolillarte  hasta pelarte los nudillos, reventarte las cejas, hincharte las manos como en el cuento que Cortázar “Las manos que crecen”, podías revolcarte por el suelo y romperte el sueter entre todo el jaleo, pero nunca nadie se atrevió a sacar ni un cortaúñas, mucho menos un arma de fuego. Toda la adrenalina se nos iba entre los golpes, nos quitábamos las cosquillas y seguíamos adelante como pequeños caballeros.

El Reto - Rubén Blades  


1 comentario:

  1. Debo decir que disfruté mucho la lectura, y es porque yo soy del tipo lector que tuve que esfrascarme y no aquel que era el "puching bag del barrio" jajaja... Los puños, son las armas más sanas para los seres humanos. Excelente escrito.
    Saludos!

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