13.4.13

Viejas mamonsísimas


Yo no entendía bien cuando el mexicano me hablaba de las viejas mamonsísimas.  Para mí era algo totalmente nuevo a todo lo que había escuchado antes. “Las viejas mamonsísimas esto, las viejas mamonsísimas lo otro” decía, yo me fumaba un cigarrillo y ya no le pude seguir el hilo a la conversa, porque aquellas dos palabras juntas eran algo que escapaba completamente a mi entendimiento y luego (en efecto diferido) me cagué de la risa porque me imaginé a una vieja cualquiera, mamando. Fue extraño. Tragué mal el humo y me hizo toser, pero yo seguía imaginándome a la vieja mamando y luego ya no me gustó mucho porque si era una vieja, probablemente no tendría dientes y usaría una chapa.
Así pasaron los días. Varios. Pero las dos palabras se habían vuelvo una costra en el cerebro, como cuando una canción es mala pero pegajosa y uno la comienza a cantar bastantes veces, pero esto era más vergonzoso. Cuando me acordaba de viejas mamonsísimas la frase se transformaba en un eco dentro de mí: viejas mamonsísimas, viejas mamonsísimas, viejas mamonsísimas, mi retorcida imaginación paralizaba todas las otras funciones cerebrales, y representaba (idealmente) en ese mismo lugar a la primera vieja que viera, mamando, por ejemplo, la vieja podía mamar en la carnicería o en la universidad, sin pudores ni remordimientos, luego pasaba mi pena porque estaba riéndome solo en frente de la secretaria administrativa o frente a la señora de la carne. La secretaria -particularmente- se me quedó viendo con cara de complicidad y con una risita asomada en los labios. 

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