1.9.13

El Pedido*

          *Esta es nuestra traducción libre del cuento “O Pedido” de Rubem Fonseca, publicado en la obra Feliz Ano Novo.

            Durante dos días Amadeu Santos, português, viudo, trabajador ocasional, rondó el depósito de botellas de Joaquim Gonçalves, sin coraje de entrar. Pero ese día llovía mucho y Amadeu estaba cansado, con las piernas adoloridas del reumatismo. Además de eso, la bronquitis crónica lo hacía toser sin parar. 
            Amadeu caminó entre los anaqueles de botellas polvorientas hasta el fondo del depósito, donde, sentado junto a una mesa, estaba Joaquim. Ellos, siendo niños, habían emigrado juntos y no se veían hace cinco años, desde que pelearon por un motivo que Amadeu no recordaba. Pero de todas formas estaban peleados, aunque Amadeu no supiera el porqué. Pero Joaquim debía saber, y eso tornaba mucho más incómoda la visita de Amadeu.  
            Joaquim estaba en la vieja secretaría, haciendo cuentas a lápiz, en un pedazo de papel de envoltura amarillo. Era un hombre calvo, y los cabellos remanentes estaban grisáceos. Joaquim, al ver a Amadeu, no le reconoció inmediatamente. Amadeu era, en sus recuerdos, un hombre fuerte y guapo y en frente suyo estaba un ser flaco y abatido, visiblemente consumido por las privaciones y por la enfermedad.
            ¿Cómo estás, Joaquim?, dijo Amadeu, sin el valor para extenderle la mano.
            Andando, como Dios manda, respondió Joaquim, secamente.
            ¿Y los negocios, cómo van?
            No me quejo, dijo Joaquim imaginando cual era el propósito de la visita de Amadeu. Sus ropas maltratadas, los zapatos viejos, mostraban que Amadeu no estaba bien de vida. Pero los negocios no andan como antes, explicó Joaquim, previendo un posible pedido de dinero. No creo que tenga el valor de pedirme alguna cosa, pensó Joaquim, somos enemigos, no nos hablamos hace años.
            ¿Puedo sentarme?, preguntó Amadeu, que sentía las piernas doliendo.
            Siéntate, dijo Joaquim.
            Amadeu se sentó y permaneció en silencio, mirando para el piso. Joaquim volvió a hacer sus cuentas en el papel, pero de vez en cuando, levantaba los ojos y observaba a Amadeu. Tenemos la misma edad pero yo no estoy así de acabado, pensó, con una amarga sensación de victoria. También sintió, muy adentro, un sentimiento de pena reprimida. En los últimos cinco años él había esperado aquel momento de venganza. Pero no sentía ningún placer.
            Sin quitar la mirada del piso, Amadeu dijo:
            ¿Será que podrías prestarme quinientos cruzeiros? No estoy bien de salud y tuve que dejar de trabajar.
            Joaquim levantó la mirada de las cuentas y dijo: ¿Quinientos cruzeiros? Puede no parecer, pero eso para mí es mucho dinero.
            Yo sé, pero no tengo a quien pedirle, dijo Amadeu humildemente. En el fondo de sus ojeras enfermas, sus ojos estaban opacados de vergüenza.
            ¿Y tu hijo doctor? ¿Por qué no le pides a él?, dijo Joaquim con menosprecio.
            Mi hijo murió.
            Amadeu contó que el hijo Carlos, después de graduarse, se casó con una compañera de la facultad, una muchacha bahiana, los dos se mudaron a la tierra de ella, donde querían abrir una clínica. Un año y medio después, con un hijo pequeño, Carlos murió en un accidente automovilístico.
            Hasta hoy no conozco a mi nieto, dijo Amadeu.
            Joaquim se peleó con Amadeu por causa del hijo médico. Joaquim también tenía un hijo, Manuel, que era un  vagabundo, ignorante, no le gustaba estudiar y no terminó el colegio secundario. Las relaciones de los dos se fueron deteriorando a  medida de Carlos hacía sus estudios y Manuel se pasaba los días vagabundeando por las calles. En el día que Carlos se graduó, Joaquim, sintiéndose personalmente ofendido, dejó de hablarle a Amadeu.
            Dinero no sale de los árboles, dijo Joaquim, en un tono de voz más ameno. Pasé años envidiando un muerto pensó. ¿Por qué no vendes el camión?
            Ya lo vendí, respondió Amadeu. Él podía haber explicado que un día, al hacer un acarreo de muebles, tuvo un desmayo en la calle Leandro Martins y tuvo que ser hospitalizado de urgencia. El camión fue vendido para pagar las expensas. Amadeu tampoco dijo que debía seis meses de alquiler del miserable cuarto donde vivía, y que se alimentaba solamente con una sopa por día.
            ¿Por qué no le pides dinero a tu nuera?
            Tengo vergüenza, dijo Amadeu. Él se sentía como si estuviera desnudo, en medio de un  parque, y sucio. Pero estaba dispuesto a aguantar la humillación hasta el final.
            ¿Para qué quieres tanto dinero? Un pasaje de bus a Bahia cuesta menos.
            Quiero darle algo al dueño del cuarto, dijo Amadeu. Él ha sido muy bueno conmigo. Es Magalhães, de la Covilhã, no sé si lo conoces.
            Joaquim no lo conocía.
            La miseria de Amadeu, y principalmente la muerte de su hijo doctor, habían disipado parte del viejo resentimiento.
            No sé si tengo todo ese dinero aquí, dijo Joaquim, levantándose, caminó hasta un antiguo cofre, Amadeu percibió que Joaquim le prestaría el dinero, y en su mente comenzaron a pasar imágenes de su nueva vida en Bahia, con la nuera (que no se había casado nuevamente) y el nieto.  Hace años que por su mente cansada no habían pasado pensamientos tan felices. Sus piernas, que desde que llegó al depósito de las botellas les dolían horriblemente, pararon de doler. Su corazón se llenó de cariño por su paisano y amigo, y se acordó del viaje que habían hecho siendo niños, en el barco de inmigrantes, de la adolescencia pasada juntos, sin dinero, pero con salud, y recordó pequeños detalles, como si hubiesen ocurrido el día anterior, de una fiesta en la iglesia de la Penha, un domingo, acostados bajo un árbol, con las muchachas, que iban a ser sus esposas, tomando vino de una botella embriagándose maravillosamente. Debo decirle alguna cosa buena, pensó Amadeu, hasta ahora solamente le conté mis desgracias y le pedí dinero.
            ¿Cómo está Manuel?¿Él está bien?, preguntó Amadeu.
            Joaquim estaba curvado sobre el cofre, contando el dinero cuando Amadeu hizo la pregunta. Él paró conmocionado.
            ¿Qué?, exclamó Joaquim.
            ¿Cómo está Manuel?, repitió Amadeu, sorprendido con el tono de voz de Joaquim.
            Joaquim tiró el dinero de vuelta en el cofre, cerrando la puerta con fuerza.
            ¿Por qué me preguntas eso?, dijo Joaquim con una amargura más fuerte que la rabia que sentía.
            Yo… yo - balbuceó Amadeu.
            ¡Sabes muy bien cómo anda ese cretino!
            Yo no sé nada, protestó Amadeu. Pero Joaquim no prestó atención a lo que Amadeu decía y gritó:
            El vagabundo no hace nada, ni para estibador sirve. Duerme el día entero y de noche sale a pasear. Un hombre de más de treinta años viviendo a costas del papá, del papá, no de la mamá, que es una cabeza de ajo seco que saca dinero de mi bolsillo para dárselo a él. Un día mato a ese parasito inútil.
            Yo no sabía… dijo Amadeu tristemente. Antes un hijo muerto, pensó. Y una lágrima seca, hecha casi solamente de sal, brotó de su ojo, una lágrima por su hijo y por el de Joaquim.
            Cuando vio la lágrima brillante escurrirse lentamente por la cara de Amadeu, Joaquim se calló, incomodado. Lentamente Amadeu se levantó y, antes de salir caminando con dificultad, dijo, adiós.
            Joaquim se quedó sentado un instante. Yo no soy esa persona, pensó avergonzado de su mezquindad, y corrió en hacia la puerta de la calle gritando, ¡Amadeu, Amadeu!¡Vuelve, te  daré el dinero, vuelve!
            Pero al llegar a la calle, estaba desierta. Joaquim, incluso gritó el nombre del amigo algunas veces, mientras por su rostro se escurrían lágrimas húmedas y abundantes, de hombre gordo y fuerte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Favor combatir la idea y no al mensajero, gracias!