20.9.13

Niño muerto

                 Me acuerdo de cuando en Los Guayacanes decían que había un niño muerto, allá por el monte que se forma en la entrada de la barriada y atrás del edificio Don Memo, a donde antes estaba la Carnicería de los productos Eco. Toda la banda fue a vidajenear porque un niño muerto no se ve todos los días. Cuando yo fui ya el bochinche estaba bien regado. Conmigo fue Alexis y Gil. Landito ya estaba allí, viendo la pega y comiéndose un mango.
            No era  un niño. Era un perro  que fue de Mandrake y que según dicen, el papá de Moisesin había envenenado porque estaba celando a su perra; esa es otra historia, pero lo dejo allí por si acaso quieren hacer una investigación histórica sobre el asunto.
            La cosa es que el perro estaba en la mismísima putrefacción, soltando todos aquellos olores de cuatro o cinco días de sol de verano en país tropical húmedo, las moscas de color tornasol se servían a voluntad de las células muertas, uno o dos gallotes también, las tripas ya al aire por el medio picotear de la rapiña, y gusanitos de basura, esos que son de color crema y de poco menos de un centímetro, desplazándose entre los ligamentos corruptos sin coordinación alguna, al ritmo reptante de sus diminutas vidas invertebradas, lo más claro entre toda esa carne descompuesta y oscura, mientras Landito chupaba la pepa del mango y detenía  la vista en el moverse de los gusanos.

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