14.7.14

Doscientos años


           Ni doscientos años serían suficientes, las cosas seguirían dándose como pasan, a ninguno le importa, total, los resultados no afectan a nadie y aunque así fuese, una muerte, una quiebra, una desaparición, son hechos que terminan por olvidarse por otras cosas tantas que hay que hacer para evitar que vuelvan a suceder y si suceden, serán olvidadas otra vez o quedarán en el recuerdo de los libros o los sitios web como simples referencias de lo que sucedió por el motivo que sepa el diablo para completar el círculo vicioso y tratar de que no sucedan, porque tratar es lo único que puede hacerse frente a lo inevitable y es que ni toda la existencia ha sido necesaria para perderla en explicaciones, uno que otro filósofo o científico yacen frustrados, se disecaron en el encierro, sumidos en la búsqueda de respuestas que se le escapaban entre las necedades, huidas de las cárceles voluntarias escogidas como vida, porque las verdades están en los campos y en el viento, dejadas al vaivén de los calendarios pero ocultas a la profanación vana del conocimiento, porque deben permanecer ajenas a las definiciones exactas y a las formulas, siempre teorizables aunque ausentes de toda precisión, conjeturas a veces absurdas y si relativamente ciertas, unánimemente aburridas. Por otro lado, ningún tiempo está dedicado a su descomposición improductiva o pérdida, sí, en momentos recurrentes es ocio y viciosa perdición, más de doscientos años de desdichas acumulables y no debe ser ignorada la posibilidad de adquirir experiencias dañinas y edificantes tan vastas como el Sahara.  

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