18.1.15

La vida de Leo*

2015 - 01 - 12 - Espacio y explosión
            Cien años atrás nació Leo. Doscientos años antes la implosión demográfica y la revolución genética de los chips trajeron como consecuencia que, gradualmente, la humanidad fuese reducida a solamente dos personalidades. Fark y Zank. Los científicos crearon los chips biológicos con la idea de que, junto a la experimentación creadora de Aldous, el computador central del gobierno mundial, controlase la paz  y el orden en la tierra a través de millones de personalidades básicas de todo el género humano. Con el transcurrir del tiempo, las personalidades entraron en conflicto. Entre guerras, asesinatos, envenenamientos en masa y apropiación de cuerpos los chips fueron decreciendo en escala geométrica. Los chips vencedores eran multiplicados y los cuerpos humanos derrotados, apropiados. La batalla de los chips llegó a su ápice con la muerte de la última personalidad pacífica que sobrevivía hasta ese momento. Los cuerpos comenzaron a salir de las incubadoras Orwell de ambos lados con la personalidad de sus idealizadores. Aldous fue destruido. La Tierra se convirtió en una megalópolis grisácea en eterna disputa entre las personalidades de Fark y Zank. Fark es un chip biológico egocéntrico, programado para construir edificios y máquinas veloces y originalmente fue fabricado con los ideales del pangermanismo de un economista admirador de Keynes. Zank es extremadamente centralizador, mentiroso y experto en electrónica. Fue inspirado en el cerebro de un publicista londinense lector de Nietzsche. La capacidad destructora de ambos es proporcional a la velocidad con la que se multiplican y dominan territorios unos de los otros. Un día, una ciudad es Fark. Al día siguiente, es Zank.  Los chips son destruidos e instalados instantáneamente. La historia de lo que fue un día la humanidad estaría resumida a la eterna disputa entre los autómatas Fark y Zank se no fuese por el nacimiento de Leo. Pero antes de describir ese acontecimiento que dio origen al mundo en que hoy vivimos, es necesario explicar cómo era la vida en los días de Fark y Zank. Las ciudades Zank tenían grandes templos coloridos con música electrónica incesante y repetitiva y ellos trabajaban día y noche frente a pantallas fluctuantes con las cuales se comunicaban. Se alimentaban de vegetales mutantes que dependiendo de la temperatura o altitud cambiaban de color, forma o sabor. Los Zank eran disciplinados y no creían en la muerte. Tenían la convicción de que la existencia era continua e intensa. Cada Zank tenía autonomía para dedicarse a cualquier actividad necesaria para la sobrevivencia de todos, pero estaba programado para adorar a los inmensos tótems rojos que sobrevolaban las ciudades Zank noche y día. Los Fark vivían en rascacielos de diversos formatos, desde pirámides hasta dodecaedros fosforescentes. No adoraban ninguna imagen como los Zank, pero conferían a los números ideales sagrados solamente comprendidos por un Fark. Cada uno de los Fark tenía un número sagrado y aun entre ellos existían guerras internas de facciones que adoraban a uno u otro número. Todas las formulaciones de decisiones de los Fark pasaban por las tres etapas clásicas de tesis, antítesis y síntesis. Incluso la decisión de comer o no las pastillas orgánicas sin color que variaban de sabor y textura de acuerdo con la cantidad con que eran absorbidas en una de sus comidas diarias, era tomada solamente después de la tercera etapa. Los recursos terrestres eran incesantemente reciclados. Nada nuevo era producido y fuera de la gran megalópolis, los océanos infinibles se perdían en la oscuridad y en el silencio de la naturaleza muerta y sumergida en sus profundidades. Las inmensas áreas forestales crecían sin ningún control tanto en los territorios Zank como en los Fark. El cuerpo humano alcanzó un desarrollo genético que lo había desnudado de toda ropa y accesorio como también de la necesidad de la diferenciación entre sexo, edad o identidad étnica. Si los cuerpos tenían genitales, arrugas  o varias tonalidades de piel era tan solamente para confundir al enemigo que nunca sabía si el de al lado era un Fark o un Zank disfrazado. Pues esta era la gran característica que nos unía. La disimulación. Muchas veces Zanks y Fark se mataban dentro de sus propias facciones sumergidos en la duda de la disimulación ajena. El miedo de la disimulación llegó a tal punto que millones de Fark y Zank comenzaron a suicidarse después de varias crisis existenciales espasmódicas cada vez más intensas. Fue en una de esas crisis que un Fark, o un Zank, no se sabe con certeza, instaló un chip de otro cuerpo en su propio cerebro intentando descubrir cuál era su propia personalidad. Pero en vez de descubrir su verdadera identidad los dos chips biológicos unidos acabaron por eliminar la memoria de uno y de otro. El cerebro sin absolutamente nada para controlar su cuerpo tuvo que aprender cómo funcionaba todo a su alrededor. Al poco tiempo entendió la disimulación de ambos lados por la asociación de los circuitos inactivos de los dos chips unidos en nuevas funciones. El nuevo chip sabía todo lo que planeaban Fark y Zank. Aprovechándose de eso consiguió que unos y otros hiciesen lo mismo que él había hecho. Se autodenominó Leo. Los nuevos chips que se asociaron a él se denominaban con otras centenas de nombres diferentes. Los Fark y los Zank que no se convertían acababan matándose por inmolación, ahogamiento o cualquier otra manera que impidiese al enemigo conquistar sus chips. El miedo de perder la identidad propia causó que Fark y Zank desaparecieran de la faz de la tierra para no permitir que se transformaran en nuevos tipos de chips zero. Las incubadoras Orwell fueron destruidas para que el enemigo en común no se apoderase de sus tecnologías de multiplicación de la especie. Cada chip zero comprendía el ambiente en que vivía. Creaba un lenguaje propio. Tenía gustos de acuerdo con su sexo, tamaño o edad. Los compartía o no de acuerdo a su conceptos propios e indisociables. Las ciudades asumieron millares de identificaciones y simbologías aleatorias e indefinidas. Leo, que descubrió ser mujer, conoció a una personalidad llamada Rob. Después de siglos, dos cuerpos se unían en el acto sexual. De esa unió nació Rutar. Rutar soy yo. Yo soy un poeta. Y estoy muriendo. 

 *Traducción libre al español del cuento A vida de Leo, publicado en el libro Vidas cegas de Marcelo Benvenutti.

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