11.1.15

La vida de los búfalos*

2015 - 01 - 08 - 

            La primavera se avecinaba, pero Andre todavía sentía mucho frio en su trinchera de la frontera belga. El día anterior se había alimentado con un pedazo de pan negro y un resto de queso en descomposición. Andre imaginaba que del otro lado, a decenas de metros de donde estaba, los alemanes también debían estar en la misma situación. Hambrientos y con frio. Varias semanas de combate habían pasado y nada hacía creer que la situación terminaría. Días de silencio y dolor seguían a los días de combate intenso, del cuerpo a cuerpo hasta el bombardeo de las líneas enemigas,  de las escaramuzas nocturnas, de las voces de los compañeros agonizando en el infierno de minas y cadáveres que separaban los ejércitos, las tentativas de envenenamiento del agua, las hediondeces sofocantes del sudor, las heces y muerte. El sol de la mañana daba un aire de gracia tras las nubes grisáceas en el horizonte y en toda su magnitud iluminaba ambos lados con la misma proporción, cuando un ruido parecido al de un trueno despertó a todos los soldados. Como Andre, aun perdido en la duermevela matinal, o Karl, del otro lado, asustado con lo que podría ser otro bombardeo de los aviones franceses, miró en dirección al estruendo. Un estruendo que aumentaba y una nube de polvo que poco a poco iba cubriendo el sol de la mañana. Los soldados se despertaron, se posicionaron con prontitud, en los nidos de ametralladoras, esperaban el primer tiro enemigo, los rifles cargados, la infantería, en una expectativa angustiante, respirando suavemente, esperando el bombardeo que vendría del otro lado. Ninguno de los dos lados recibía noticias de la radio. El estruendo se aproximaba, había cubierto la luz del sol y la nube de polvo galopaba trayendo una mezcla de hedores y mugidos lánguidos de animales en corrida. Andre había visto algunos años antes en un proyector de cine algo parecido. Era un film americano y hablaba de grandes animales de la planicie. Los búfalos. Karl tuvo que preguntar a un compañero de su brigada que le explicó qué animales eran esos. De un primer momento de estupefacción, los oficiales pasaron a la histeria que aumentaba en relación al tiempo que demoraba en dispersarse aquella inmensa y compacta manada de búfalos. Los búfalos mugían y sus fuertes músculos los impulsaban a una velocidad tal que ningún animal conseguía separarse del resto del grupo. Los oficiales decidieron, inclusive sin saber la decisión del otro lado, atacar a los animales. Las ametralladoras y los rifles de los dos ejércitos desperdiciaron sus municiones en pocos minutos y nada. La manada, cada vez más grande y compacta, iba apropiándose poco a poco, de toda la extensión del campo que separaba las trincheras. En la misma medida en que los animales no morían, las balas, como si estuvieran atravesando fantasmas, llegaban intactas a sus destinos, incluso acertando en uno que otro soldado enemigo que se apartaba de la trinchera. Algunos soldados decidieron entonces, como convencidos de la alucinación colectiva, cruzar el campo. Pero luego los otros fueron instados en quedarse en sus posiciones, pues todos los soldados que intentaron enfrentar a la manada murieron aplastados por las patas de los búfalos. Por la radio, los comandantes de los ejércitos, aconsejados por los pilotos de la fuerza aérea, ordenaron el bombardeo de la manada. Pero, como los soldados imaginaban, no pasó nada. Andre decidió que era un buen momento para armar un cigarro y respirar mientras se ensombrecía su mente. Karl, todavía dudando de lo que pasaba ante sus ojos, pidió lápiz y papel y escribió una carta a su mamá que vivía en Düsseldorf. Con el transcurrir de las horas, y de los días, continuaba la extraña situación, ni siquiera se sabía de dónde venían todos esos animales americanos en medio de un valle en la frontera belga y tampoco se tenía ninguna idea de a dónde se dirigían o en donde paraban de correr, los soldados se contentaron divirtiéndose y bebiendo. Muchos fueron dados de baja, otros se perdían por mucho  tiempo contemplando  la belleza y vigor de aquellos especímenes libres, fuertes e indestructibles. Los campos destruidos de Bélgica eran como las enormes planicies de las Montañas Rocallosas. Los comandantes de los ejércitos, sin haberlo acordado, decidieron evitar que este acontecimiento se conociese y a todos los periodistas y soldados se les prohibió expresamente comentar aquella situación más allá de las trincheras. La guerra fue desviada a otros frentes, los soldados, en números cada vez mayores, eran enviados a otras trincheras, a otros campos, ciertamente, para que tuviesen derecho a otras muertes. Para que no fuese totalmente abandonado el espacio en disputa, Andre del lado francés, y Karl del alemán, fueron designados como vigías permanentes, adheridos a una ametralladora y a un radiotransmisor. Las semanas y los meses pasaron. Andre, que había vivido algún tiempo en Alsacia, arrastraba un repertorio alemán, y después de tanto tedio y de estar incomunicado, encontró la frecuencia de Karl y comenzaron a conversar. Karl le hablaba de su familia, de su papá funcionario de un banco, su mamá, operaria en una fábrica, su hermana mayor se casó con un austriaco. Andre le contaba sobre las tardes en Reims, de una muchacha llamada Gabriele y de cómo esperaba pedirle casamiento cuando acabase la guerra. Buena parte del tiempo, como no podían verse el uno al otro entre las patas de la corrida de los búfalos, jugaban a encontrar al búfalo más fuerte, el más bonito, el más veloz, al que tenía los cuernos virados hacia un lado, a otro que tenía el lomo más inclinado, a otro que corría saltando, a uno que se dejaba cargar por el peso de los otros, a uno más débil que evitaba ser embestido, a uno con una mancha blanca en el hocico. La tierra siendo escavada por el trotar incesante, las últimas minas explotando, el fuerte olor a estiércol que paseaba en el vaivén del viento, el polvo que muchas veces cegaba y los hacía toser durante la noche. El ruido de la manada hacía parte del ambiente. En las noches el polvo se mezclaba con las estrellas y la luna se escondía como si se incendiase en medio de una fogata. Ni la lluvia ni la nieve hacían más lento el correr de las bestias. Cuando llovía, el lodo tornaba más bello el espectáculo de la velocidad y la tierra revuelta. En las nevadas los búfalos brillaban y sus patas oscuras contrastaban con el blanco trayendo a la visión de los dos escogidos los más límpidos cuadros en negro y blanco en movimiento que un ser humano haya tenido la oportunidad de admirar. Andre y Karl se trataban como viejos amigos, acordaron encuentros, a sabiendas que eran casi imposibles, después de la guerra. Posibles borracheras para luego acostarse con algunas prostitutas en París ¿Quién sabe? Pero una mañana fría, después de un año sin descanso ni comunicación, olvidados, ninguno de los dos abandonó el puesto con miedo a ser arrestados por deserción, alimentándose de agua de lluvia, insectos, roedores y hiervas rastreras, flacos y cansados, despertaron al mismo tiempo, asustados, constataron que los búfalos no corrían ya por el descampado. En un primer momento se admiraron, paralizados, esperando un movimiento del otro lado. Pero las órdenes eran objetivas. Al cesar la corrida de la manada, y tener noción de la posición contraria, la misma debía ser tomada con la eliminación del enemigo. Y entonces dispararon sus ametralladoras y acertaron. Agonizaron por unos minutos y se miraron suplicantes el uno al otro. La guerra había terminado, informaba la radio.

*Traducción libre al español del cuento A vida dos búfalos, publicado en el libro Vidas Cegas de Marcelo Benvenutti

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