25.1.15

La vida de Porto Alegre*

2014 - 06 - 26 - sin título

            Porto Alegre respira aliviada el descanso de un día hábil entre un jueves harapiento y un sábado caliente aproximándose. Los ómnibus casi vacíos, pocos automóviles en las calles silenciosas. El calor nublado de un septiembre flores. Porto Alegre respira aliviada de la resaca de un día inhábil. La agonía de sus días hábiles se fue con los inmigrantes de fin de semana. La agonía está en el litoral, en Santa Catarina, en la Sierra gaúcha, en el Nordeste. En Porto Alegre suspiran sus habitantes apasionados que transitan silenciosos entre sus aceras ensombrecidas por los arbustos apretujados.  El olor grasoso de las cocinas de los bares del barrio Cidade Baixa. El gas carburo de los oleoductos de la Avenida Assis Brasil. El hormigón de la larga y fría Farrapos. En una calle escondida en la Zona Norte sobresale la cruz de una iglesia distante. Una visión nebulosa del valle del Jacuí. Porto Alegre duerme tranquila bajo el velo de sus habitantes silenciosos y contentos de un viernes hábil. Un martilleo en un patio. El gallo de un altar clandestino al amanecer. Las sacudidas de los ómnibus soñolientos en la mañana caliente. La Rua da Praia paralizada en el tiempo con los ecos de los buhoneros  en frente de los muestrarios de las tiendas en quiebra liquidando sus inventarios. Las sandalias en el piso de la mendiga sentada en la banqueta de la plaza Glênio Peres. Las escaleras húmedas de la Galería del Rosário lamentan incluso la ausencia de los fantasmas de costumbre. Los bancos vacíos respiran la falta de clientes y empleados. Uno que otro motociclista atrasado llevando el almuerzo perezoso por la avenida Carlos Gomes. Niños jugando fútbol en el camino de la Glória. Jubilados gastando sus míseros cheques en el premio gordo o en el jogo do bixo. Los comercios de loterías y gaseosas. El mercado del libanés en la Benjamin Constant. La refresquería de los gringos en la Osvaldo Aranha. La panadería de los alemanes en la Couto de Magalhães. Los pajaros ni cantan en el silencio de un septiembre primavera. No es el sol ni el transcurrir de su movimiento lo que le da el encanto a Porto Alegre. El encanto de Porto Alegre nace en los días feriados de la primavera. En la primavera de Porto Alegre más que en cualquier otro lugar del mundo se respira la pasión triste de los solitarios felices que caminan bajo las ramas de los árboles verdes, naranjas, rojos. La mujer de cabellos a la altura del cuello caminando de vuelta al trabajo después del almuerzo y cantando una canción inaudible que hace que su mente se pierda en sueños amarillos y zapatos sin cordones. Así es Porto Alegre cuando solitaria y caliente respira aliviada la pasión egoísta de sus aceras vacías. Es Porto Alegre mujer sentada en el muro frente a las casas viendo el día pasar. Un día soleado y caliente. En esos días los habitantes de Porto Alegre se enamoran y se pierden en sus delirios infantiles. No existen palabras. Porto Alegre duerme. Y sus habitantes sueñan.

*Traducción libre del cuento A vida de Porto Alegre del libro Vidas Cegas de Marcelo Benvenutti

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