13.1.15

La vida del instante*

2014 - 09 - 28 - sin título
          
           El sol aun no iluminaba el cuarto de Francisco por las aberturas de la persiana y él, con los ojos abiertos, esperaba el amanecer observando la ventana oscura. El día nace como las sílabas de cada palabra siendo formada. Cada sílaba de las palabras que se van formando en la mente de Francisco. La calle todavía desierta contrasta con la mente llena de ideas de Francisco. La primera empresa que Francisco marcó en los clasificados del periódico fue una industria química. Se necesita contador especializado en análisis de costos, inglés fluido y conocimiento de programas de planillas y banco de datos. En el ómnibus, sentado, observando las calles que van separando las casas, Francisco cerró los ojos y se vio sentado en una silla de brazos confortables,  con un computador al frente, la taza de café humeante en un rincón de la mesa y un teléfono exclusivo. Y todo eso se disipó al verse muerto, sentado al frente de un computador lleno de polvo. Millares de personas muertas en una explosión al sur de India. Y Francisco pensó en aquel empleo en la compañía de seguros. La misma escena, el mismo sueño, millares de personas muertas en una explosión al sur de India. Y en todos los empleos marcados en los clasificados de su periódico, Francisco miraba la escena.  Muerte. Francisco se bajó del ómnibus, entró en un bar cualquiera, pidió un trago y se sentó en un banquillo. Intentaba entender el porqué de ese sueño insistente e irracional. He allí él, un contador cualquiera de treinta años buscando un empleo para llevar su vida adelante. Quién sabe si conocer una mujer que por lo menos lo soportase, pues no creía que alguien pudiese realmente amar a otra persona al punto de abandonar sus propios sueños. Quién sabe si  viajar por Europa en un octubre cualquiera. Quién sabe si tener una hija de nombre Ângela y llevarla a pasear y jugar en el parque del condominio en donde ciertamente viviría un día. Una placa con su nombre en la puerta de un despacho en un edificio de vidrios y oscuro en el centro de la ciudad. Cada sueño se formaba en su mente como las palabras de una frase interminable. Y Francisco se perdía en sus propios pensamientos de felicidad egoísta y humana. Pidió una cerveza. Ana conduce despreocupada por la ciudad. Con lentes de sol y fumando un Marlboro Light, Ana zigzagueaba por las calles vacías de un barrio de la periferia.  En la radio, una vieja música de un inglés muerto. En la mente, alcohol de la noche anterior. En la sangre, cocaína de la noche anterior. En el estómago, esperma de la noche anterior. En la calle vacía un hombre que cruzaba frente al carro surgiendo de la nada dentro de un bar. En el sur de India, millares de personas trabajan en una fábrica de medicamentos.

*Traducción libre al español del cuento A vida do instante, publicado en el libro Vidas Cegas de Marcelo Benvenutti

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