4.1.15

La vida del verdugo*

2015 - 01 - 03 - Borrador

            Dejaron a João mucho tiempo trancado en la celda oscura. Una vez al día le daban comida y limpiaban su celda. El resto del tiempo João no hablaba, respiraba suave, pensaba en alguna cosa, contaba los minutos y las horas que no sentía, observaba los surcos en la pared fría y sin color de la celda oscura. Pero él sabía que no demorarían mucho más para ir a buscarle y entregarlo al verdugo. El verdugo enciende un cigarrillo y ve la televisión. En la televisión están dando un film en blanco y negro en la madrugada del sábado. Él se levanta y va hasta la celda en donde está encerrado el preso João, condenado a muerte por haber cuestionado la infalibilidad humana. Y João no lo creía. João nunca tuvo amigos porque nunca pudo dejar de ser sincero. Y ustedes, mis amigos, saben cómo ser sincero puede acabar con una amistad. Si no le gustaba una situación o persona, João lo decía, sin consultar la opinión ajena. Él no dejaría de pensar diferente por causa de que alguien no concordase con él. Sentía asco cada vez que escuchaba la palabra consenso. Tolerancia. Comprensión. Entendimiento. Pero la sociedad no concordó con João. Fue confinado en una celda y le dieron la oportunidad de admitir sus errores para cambiarle la pena. Qué errores?, pensó João.  Nosotros no erramos cuando somos sinceros. La verdad está en los ojos del verdugo. Él no miente. No consiente. No discute. João gustó de los ojos del verdugo. Le preguntó por qué lo sacaba de la celda una madrugada solitaria de sábado.  El verdugo le dijo que estaba triste. Quería conversar con alguien. Alguien que lo escuchase antes de dormir. João escuchó los lamentos del verdugo. Él tenía dos hijos. El mayor quería ser abogado. El menor, médico. Él intentó disuadirlos, pero no consiguió nada. La madre también los apoyaba. Ellos reclamaban sobre la mala fama que la profesión de verdugo del padre les daba. Esperaban el día que se jubilara para no tener que escuchar comentarios impertinentes sobre en dónde estaba el papi asesino de los cachorros. Qué saben ellos? Yo amo ser verdugo. No escogí ser verdugo porque el destino o cualquier otra de esas ideas bobas de estudiante me lo impusieran. A mí me gusta ejecutar personas. Ver sus cabezas rodando, sus ojos retorciéndose en la caída, sus cuerpos cayendo compactos y calientes en el piso blanco del patio del presidio, siendo manchado de sangre pecadora. El verdugo lloraba en el hombro de João y le pedía perdón por tener que matarlo a la mañana siguiente, pero él no podía dejar de decirle que su trabajo sería bien hecho y que no temiera sentir dolor o ser humillado en su muerte. João le sonrió, le dio un beso en el rostro cortado, barba rala y pegajosa, le habló. No, mi buen amigo. En toda mi vida no encontré un hombre tan sincero y verdadero como usted. Busqué toda la vida la verdad en los ojos de alguien. Mis papás mentían. Deseaban mi bien, me decían. Pero no seguí la carrera que ellos querían que siguiera. Seguí la vida que yo sabía verdadera. Abracé a las personas por propia voluntad, deseé a las mujeres que amé, desistí de todo lo que no tenía ningún sentido. La verdad está en los sentimientos, mi amigo. Y aunque mis sentimientos eran verdaderos solamente encontré la falsedad, la discordia, la intriga. No me quejo de la vida que tuve. Me quejaría si hubiese hecho algo que no estuviera de acuerdo a mis sentimientos. Y lo hice. Por eso estoy aquí. Haga aquello que quiera hacer. El verdugo lagrimeó, restregó las lágrimas en los hombros de João, limpió su nariz, el sol nacía. Se escucharon los primeros pasos en el patio del presidio. El verdugo soltó las cadenas de João y le dijo que huyera. João apretó la mano, caminó en dirección al centro del patio y esperó el momento de la ejecución. Él no permitiría que el verdugo se dejase llevar por la mentira de la piedad. Ahora él tenía un amigo. Y moriría por eso.

*Traducción libre al español del cuento A vida do carrasco, publicado en el libro Vidas Cegas de Marcelo Benvenutti

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