10.2.15

La vida de Batista*

2015 - 02 - 10 - puerta
                La puerta estaba trancada. Bien saben ustedes lo irritante que es quedar preso tras una puerta. Pero aquella era la puerta de mi casa. Y yo tenía que ir a trabajar. ¿Y después? Después debía encontrarme  con Isabel. Isabel me esperaría con sus ojos abiertos parpadeando ceguera indefinida. Pero la puerta trancada no se abría de ninguna manera. Claro, mi jefe, Doctor Alberto, ya debía estarse preguntando por qué diablos yo no había ido a trabajar. ¿Será que aquel imbécil de Batista olvidó la reunión con los argentinos? Imagínese. Pero mi teléfono no funcionaba. Entonces, mirando hacia afuera, me detuve un momento y observé a Isabel caminando por la calle, frente a mi casa. Isabel abrió la puerta. Su mamá se había muerto. Me abrazó y lloró. Diez días después la misma situación. Esta vez recordé a Isabel. Y la puerta se abrió. Cuando fui a trancarla, no cerraba. Llamé al cerrajero. La puerta  no cerraba. Los bomberos. Nada. Irritado, fui a dormir. Ninguna de las puertas por las que entraba  podía cerrarse nuevamente después de que las había abierto. Mi casa estaba enteramente abierta. Increíblemente abierta. Para siempre. Fui a trabajar. Abría la puerta del despacho del jefe para explicar esa extraña situación. Él se rio en mi cara. Al salir, no pude cerrar la puerta. Él dijo que yo había hecho algo para que eso ocurriera. Nuevamente llamaron a los cerrajeros y a los bomberos. Y nada. Nadie podía cerrar la maldita puerta. Así como ninguna de las malditas puertas por donde yo hubiese entrado. Salí a la calle. No quería mirar a nadie más. El maldito ómnibus que tomé no cerró la puerta. El maldito restaurante en que almorcé tampoco. Llamé a Isabel. Ella creía que todo eso era una locura. Pero las puertas de su casa no cerraban. Ella dijo que yo había hecho algo para que eso ocurriera. Que ella intentaría ayudarme. No Isabel, no entendiste nada. Ahora la casa de Isabel estaba abierta para siempre. Después de algunos días, durmiendo con las puertas abiertas, decidí que ellas no tenían ningún sentido. Quité todas las puertas de mi casa. Ahora vivía en una casa sin puertas. ¿Para qué vivir en un lugar sin puertas si cualquier maldita puerta por la que yo entrase nunca más se cerraría? Salí a la calle y entré por la mayor cantidad de puertas de tiendas, de edificios, bancos y casas que me fuese permitido. Me despidieron del trabajo. Tomé el dinero de la liquidación, vendí algunas cosas de valor y me fui caminando por la carretera. Los ómnibus que tomaba y los camiones que me daban aventón quedaban con las puertas abiertas. Por televisión vi el caos que había en mi ciudad. En cada ciudad a la que llegaba repetía el maldito ritual de cruzar todas las puertas que me fuesen permitidas. La idea de casarme, tener hijos y ascender en mi carrera de contador en la empresa de auditoría en la que trabajaba me parecía totalmente ridícula. Nada de eso tenía sentido, ahora tenía un motivo para seguir viviendo. Durante meses seguí la misma rutina. Las autoridades perplejas y la población en pánico no sabían qué hacer. La situación era incontrolable. Al comienzo, las casas, tiendas y bancos eran robados y saqueados a cualquier hora. Muchas personas murieron en conflictos fútiles disputándose la propiedad de bienes inútiles e inservibles. Después de algún tiempo esos conflictos fueron parando. Los ladrones no encontraban lugares para guardar lo que robaban. De vez en cuando  me daba al trabajo de entrar en las casas y tiendas en las que no había entrado la última vez. Siempre buscaba empleos como entregador de gas, recogedor de basura, cartero. Cualquier profesión  en la que pudiese cruzar la mayor cantidad de puertas posible. Los científicos e ingenieros intentaban encontrar una solución para aquel problema ilógico. La industria de la construcción civil entró en colapso. Millones de personas quedaron desempleadas. Como los medios de comunicación no podían convencer a la población de que todo sería solucionado, las personas comenzaron a construir casas sin puertas y dejaban sus pertenencias tiradas en cualquier rincón. La industria de los bienes perecederos entró en recesión. Muchas personas dejaron de trabajar. La comida era tirada en las calles para quien la quisiera comer. Los muebles, tirados afuera de las casas. Los televisores, quemados. Luego,  no conseguí más empleo. El país entero se había convertido en un enorme campo abierto de locos insensatos que vivían en las calles. Los países vecinos eran invadidos por hordas de inmigrantes dementes y hambrientos. Hui antes que cerraran las fronteras. Mi país vive bajo la ley marcial de un ejército internacional. Pero, ayer, entré en mi primera casa en Buenos Aires. Ellos aún no saben que soy Batista. El portero.  
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*Traducción libre del cuento A vida de Batista  del libro Vidas Cegas de Marcelo Benvenutti

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