14.10.15

Q

El dilema de la barba es también un problema de vanidad, dejársela crecer y parecer más viejo o un indigente, y si está de moda qué bonito pero si no o se es como más viejo o se es un semi-indigente y mientras eso se piensa la barba crece, lentamente, día pasa y décimas de milímetros van poblando la cara, puntitos negros que se fueron haciendo largos y el espejo los fue viendo crecer como niños a los ojos de sus padres, aunque más rápido, espejo, ese pedazo de vidrio a nadie censura, es un testigo mudo y no aparenta tener vida, solamente un reflejo de ella y parte de eso es la barba o un reflejo de ella. Y cuando el barbudo va manejando y pensando en cosas tan obvias que parecen imposibles desde allí, también se va frotando la barba, cuando se rasure no podrá hacer eso, no podrá pensar y tocase la barba, quizá agarrarse la quijada entre el índice y el pulgar pero no es lo mismo, porque solamente un hombre puede saber lo que es pensar y mientras tanto tocarse la barba, es algo así como una autoseducción, un estímulo dopamínico de lugar común pero que es imposible sin barba, sin pelos en la cara. Pensar que todo comenzó por la pereza de rasurarse en las mañanas, todas las mañanas rasurarse, uuuf, mejor no, mejor es la barba hasta que se vaya la pereza, pero luego se dio cuenta que a la barba también hay que cuidarla, cortar los vellos que crecen mal, rasurar los límites para dar forma, por lo menos tres veces a la semana y eso quita la misma cantidad de tiempo, quizá más que rasurarse todos los días, y en ese cuidado la barba se vuelve una amante, bien cuidada, y amada pero un día vuelve nuevamente la idea de la pereza, rasurarla y resignarse a hacerlo todos los días, matarla de raíz, para que un día vuelva a crecer en un ataque de pereza, y muere la barba, la barba amada reducida a barba muerta, pero sobre todo barba cíclica porque algún día vivirá de nuevo aunque la corten hoy. 

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