11.10.15

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Eloy Athanasiadis le cuenta sus problemas, no sabe hasta qué punto todo eso era necesario si ya le había preguntado qué era lo que necesitaba; se ve reflejado en un espejo cuarenta años después, quizá cuarenta y cinco, arrugas, canas, pesadez de la vida y tiempo sobre la carne, se asusta con las revelaciones pasadas de su vida, como si lo hubiese estado observando, como si supiera cada movimiento que ha dado inclusive los más intrascendentes o los que hizo en la oscuridad, y va contando otras secuencias de antaño y saberes que conoce por su avance cronológico pero que los vende como verdades nuevas y recién descubiertas, el nuevo que escucha se siente ofendido pero luego viene otro dato más específico sobre su vida y es un calofrió y miedo de vuelta. El anciano tiene su técnica, sea como sea no parece un vicioso y después de la incomodidad el nuevo le dice que le dará siete dólares para que haga lo que a bien tenga, también le compra una sopa, espera que no sea ese su futuro y se resigna a que llegue lo que tenga que llegar pero promete prepararse para que no se haga cierto ese presagio de la visita del futuro miserable.

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